Un pedacito de Nuestros Adolescentes

 

Fui a la casa de mis padres a dejar sábanas para lavar y encontré a mi papá inclinado contra una pared, haciendo movimientos para volver a colocarse un hombro. Se sacó el hombro hace dos años jugando al tenis y nunca más pudo encontrarle su lugar. Me pidió que le alcanzara una bolsa de hielo del freezer y adentro encontré kanikama. Papá se sentó en la mesa de la cocina y se puso el hielo en el hombro, yo empecé a meter los kanikama uno por uno en un vaso de agua para descongelarlos y comerlos.

Le hablé sobre la idea de presentarme a un reality show. Se trata de una casa llena de piletas extrañas, como un retiro espiritual acuático. Creo que me puedo reconectar con el deporte, le dije, y pagar las multas de estacionamiento que te debo. Mi papá negó con la cabeza y dijo: Levantá la mira. Se fue caminando muy despacio, su camisa chorreaba agua.

Creo que hago esfuerzos por cosas que a los demás les salen intuitivamente. Ejemplo, tener un trabajo desafiante. Ejemplo, tener una relación de cariño e interés sostenida en el tiempo. Digo que no a oportunidades de trabajo serias y me entusiasma lo mecánico y lo fácil. Quiero ordenar archivos alfabéticamente, si me pagan por pensar me sale psoriasis.

Mis contactos de Facebook opinan sobre los fondos buitre y toda mi marginalidad se me viene encima. Algunos hasta hacen chistes sobre el dólar. Me siento como una lacra o un microbio que atraviesa la vida por un canal distinto. Me acuerdo de cuando me hacían estudiar matemática y sentía como mi cabeza se llenaba de vapor caliente, hasta arder.

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Malena me dijo que estaba pensando en cogerse a un viejo por plata. Le aconsejé que no lo hiciera pero después no pude argumentar porqué. Le pregunté si al menos estaba bueno. Es un gordo pero es artista. Tenés que pedirle mucha plata, como lo que ganarías en un mes de trabajo. Bueno, en realidad ya lo hice, me dijo. Me pagó mil quinientos pesos, ahora me puedo comprar libros. Le comenté que los libros se podían pedir prestados y me dijo: ¿qué me decís del sushi que comí ayer?

Yo también necesito plata y Malena me invitó a formar parte de un trío pero algo relacionado a la espiritualidad me indica que no. Desde que di de baja mi sistema moral sigo sin hacer las cosas pero ahora por cobarde. Siento la vulnerabilidad de casi todo lo que me rodea, como el daño que provoca mi sentido del humor, y tengo miedo. Mis seres cercanos me dan y me quitan autoridad a un ritmo que no comprendo. Me siento engañada por mis amigos que se preparan para el futuro y tienen plata en plazos fijos sin ni siquiera contarme.

Ayer Lisandro me sacó la ropa y me tocó todo el cuerpo con los dedos, mucho mas despacio que de costumbre, después me dijo esperá, y se paró para encender un sahumerio. Abrió un poco la ventana y se volvió a acostar, y me dijo esperá que voy al baño. Volvió y me siguió haciendo caricias hasta que se levantó de golpe con los brazos al costado del cuerpo y los ojos llorosos y dijo: algún día voy a tener tanto terror de que te vayas que te voy a tener que dejar.

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Tuve una revelación mientras esperaba a que el café se calentase en el microondas. Pasé varios minutos en trance y, como en una película, vi que me había convertido en una mantenida. Tengo que salir de este estancamiento espiritual y material trabajando. Mi camino no es ganar concursos o esperar a que un reclutador me descubra, sino trabajar doble turno en Argentina. En algún momento creí que la aventura sería para siempre pero ahora entendí porqué todos buscan estabilidad. Es agradable.

A esta realidad la vengo negando desde chica, cuando viendo televisión creía que la vida adulta era maravillosa y compartida. Veía grupos de amigos interraciales compartiendo bebidas y novias y creía que pasaría los días como en una campaña de Tommy Hilfiger. Pero ese es solo un beneficio para los ricos y famosos. Hoy creo en el progreso. Busco trabajo. Soy cordial, ubicada, sociable, salgo bien parada de casi todo, algunos creen que tengo “un dios aparte”.

Tuve muchas experiencias laborales breves pero intensas.

Las mas gratificante: Durante un verano trabajé en una verdulería de un super en la zona de embajadas de Belgrano. Venían señoras muy elegantes y empleadas domesticas tímidas a hacer compras generosas. Allí aprendí a servir y desarrollé la inesperada capacidad de saber el peso de una bolsa de fruta antes de pesarla.

La mas arriesgada: En el mismo supermercado pero en la maquina de cortar fiambre.

La más demandante: Un call center donde me dieron una hoja A4 para pegar en mi cubículo que decía: “Hoy puede ser un gran día. Voy a llevar mi cuerpo al trabajo, debo llevar también mi mente. Soy afortunada al estar cobrando un alto salario por tan pocas horas. Muchos universitarios ganan menos que yo”.

 

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